
Psicología y Sociedad ISSN-e 3028-743X Sierra-Barón et al.
construcción de la identidad a través de las prácticas culturales. Además, Appadurai (1996) y Hall
(1997) analizan las dinámicas de la hibridación cultural y la resistencia, poniendo en manifiesto la
capacidad de las culturas para transformarse en contextos de globalización y conflicto.
Finalmente, perspectiva de la interseccionalidad es fundamental para comprender la
complejidad de las vivencias sociales en contextos conflictivos. Crenshaw (1989, 1991) presenta
este concepto para analizar cómo diferentes aspectos de la identidad, como el género, la raza, la
clase, orientación sexual, entre otros, se entrelazan y producen formas específicas de opresión o
privilegio. A su vez, Patricia Collins (2022) y Angela Davis (1983) enriquecen esta visión al
destacar la relevancia de analizar las relaciones de poder desde múltiples dimensiones, mientras que
Hancock (2007) critica las políticas que tratan cada aspecto de la desigualdad de forma separada,
abogando por enfoques más integradoras que reconozcan la complejidad de las experiencias
interseccionales.
Este enfoque teórico, que reúne contribuciones de autores como Thomas (1976), Coser
(1956), Galtung (1996), Dahrendorf (1959), Habermas (1984), Pruitt & Rubin (1986), Coleman et
al. (2000), Sack (1986), Raffestin (2019), Lefebvre (1992), Harvey (2000), Gramsci (2020), Geertz
(1977), Bourdieu (1977), Taylor (1994), Appadurai (1996), Hall (1997), Crenshaw (1989, 1991),
Patricia Collins (2022), Angela Davis (1983) y Hancock (2007), ofrece un marco integral para
entender cómo se relacionan las dimensiones del conflicto, el espacio y la cultura en situaciones
complejas. Esto facilita la identificación de las causas profundas de la violencia, así como las
opciones de resistencia y cambio en el ámbito de la paz y la justicia social.
Un análisis detallado la literatura histórica y empírica muestra que las intersecciones entre
conflicto, territorio y cultura han sido abordadas desde diversas perspectivas y en múltiples
regiones, estableciendo un marco teórico y práctico que ayuda a comprender la complejidad de
estos fenómenos. En el ámbito internacional, investigadores como Kaldor (2013) y Collier &
Hoeffler (2004) han evidenciado que las llamadas “nuevas guerras” van más allá de la
confrontación militar, incluyendo cuestiones relacionadas con la explotación de recursos naturales y
la evolución de las identidades culturales. De este modo, en naciones de África Subsahariana se ha
señalado que alrededor de un 40% de los conflictos armados están ligados con disputas por recursos
esenciales (Matthew et al., 2009), mientras que en Medio Oriente la disputa por el agua se erige
como un factor clave en los prolongados enfrentamientos (Hardt, 2021). En Asia Meridional, la
prolongada disputa por territorios como Cachemira demuestra cómo las dinámicas geográficas y
culturales se interrelacionan en conflictos persistentes (Klare, 2020).
En región de América Latina, el incremento de la agricultura, la deforestación y la minería no
regulada han generado tensiones que afectan tanto al entorno natural como a las comunidades que
habitan allí, alterando la continuidad de prácticas culturales y la cohesión identitaria de los pueblos
indígenas y rurales (Falla-Tapias et al., 2025; Qin et al., 2023; Sierra-Barón, 2025). En Colombia,
estudios recientes han evidenciado que el conflicto armado está intrínsecamente ligado al dominio y
aprovechamiento de recursos, lo que se refleja en desplazamientos forzados y la transformación de
los territorios (Ramirez et al., 2025; Botero Suaza et al., 2024; Garzón Romero & Suárez Reina,
2021; Salas Salazar, 2014). Esta área de estudio valida la noción de que el territorio se entiende
como una construcción social cargada de significados simbólicos y de identidad, en donde la lucha
por el control no solo es material, sino también cultural y político.