Psicología y Sociedad ISSN-e 3028-743X Gómez-Acosta
https://ojs.unipamplona.edu.co/index.php/rps
Educación tradicional instalada en las prácticas
contemporáneas1
Traditional education embedded in contemporary
practices
Karen Melissa Gómez-Acosta ORCID a, b
a Especialización en Pedagogía de la Lúdica, Fundación Universitaria Los Libertadores, Bogotá,
Colombia
b Correspondencia: kmgomeza@libertadores.edu.co
Cómo citar:
Gómez-Acosta, K. M. (2026). Educación tradicional instalada en las prácticas contemporáneas.
Psicología y Sociedad 3(1), 18-31. https://doi.org/10.24054/3ay4tn95
Resumen
En este documento se destaca el devenir de la educación y la pedagogía a lo largo de la historia, en
función principalmente de los cambios económicos, políticos, sociales y culturales que
experimentan diferentes sociedades del mundo. En este proceso, la pedagogía ha asegurado un lugar
en la historia humana, desde la fundamentación y reflexión alrededor de los diversos procesos
formativos en función de construir sociedades equitativas.
En este marco, la educación tradicional emerge como uno de los modelos históricos más
influyentes, caracterizado por la centralidad del docente, la transmisión sistemática de
conocimientos y la organización estructurada del saber. Comprender sus fundamentos, alcances y
transformaciones resulta esencial para analizar los procesos educativos contemporáneos, ya que,
aunque ha sido superada en muchas prácticas, continúa influyendo en algunas estructuras escolares
actuales, al sostener un marco formalizado de enseñanza centrado en la disciplina corporal y en la
transmisión de contenidos.
En función de lo anterior, se propone realizar a continuación un breve recorrido por la pedagogía y
sus trayectorias históricas, con el fin de comprender las transformaciones pedagógicas surgidas a
partir de los avances y cambios propios del mundo moderno. Este análisis permitirá, además,
1 Recibido enero 15 de 2026, aceptado marzo 13 de 2026
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formular una hipótesis sobre las razones de la persistencia, aún constante, de la educación
tradicional en algunos de los sistemas educativos actuales.
Palabras clave: Práctica pedagógica, enseñanza y formación, educación.
Abstract
This document highlights the development of education and pedagogy throughout history, primarily
in relation to the economic, political, social, and cultural changes experienced by different societies
around the world. In this process, pedagogy has secured a place in human history through the
grounding and reflection on diverse educational processes aimed at building equitable societies.
Within this framework, traditional education emerges as one of the most influential historical
models, characterized by the teacher's central role, the systematic transmission of knowledge, and
the structured organization of learning. Understanding its foundations, scope, and transformations is
essential for analyzing contemporary educational processes, since, although it has been surpassed in
many practices, it continues to influence certain current school structures by sustaining a formalized
framework of teaching centered on bodily discipline and content transmission.
Considering the above, a brief overview of pedagogy and its historical trajectories is proposed to
understand the pedagogical transformations that have emerged from the advances and changes of
the modern world. This analysis will also help formulate a hypothesis about the reasons for the
persistence of traditional education in some contemporary educational systems.
Keywords: Pedagogical practice, teaching and training, education.
Introducción
La educación como práctica social y cultural a lo largo de la historia se ha transformado, en función
principalmente de los cambios económicos, políticos, sociales y culturales que experimentan las
diferentes sociedades del mundo. En este proceso, la pedagogía ha asegurado un lugar en la historia
humana, desde la fundamentación y reflexión alrededor de los diversos procesos formativos en
función de construir sociedades equitativas.
No obstante, a pesar de los avances teóricos y metodológicos que han dado lugar a nuevos y
variados enfoques pedagógicos centrados en el estudiante, persisten en muchos contextos
educativos prácticas heredadas de la educación tradicional. Este modelo, caracterizado por la
centralidad en el docente, la transmisión unidireccional del conocimiento, la disciplina corporal y la
organización rígida del saber, continúa influyendo en las estructuras escolares contemporáneas,
generando tensiones entre las propuestas educativas modernas y las prácticas cotidianas en las
aulas.
Comprender las raíces históricas de estas prácticas, así como sus transformaciones y
permanencias, resulta fundamental para analizar los desafíos actuales de los sistemas educativos.
Así, el presente artículo se propone realizar un recorrido general por las principales corrientes
pedagógicas de la historia, con el fin de reconocer factores que explican la persistencia de la
educación tradicional y reflexionar sobre sus implicaciones en los procesos educativos
contemporáneos. Este análisis permitirá, además, aportar elementos teóricos para la construcción de
propuestas pedagógicas más coherentes con las demandas del mundo moderno y las necesidades de
los sujetos que aprenden.
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Evolución y sentido de la pedagogía en la educación
La educación, como campo de estudio de la pedagogía y de las formas de enseñanza,
mantiene una relación estrecha con los contextos socioculturales en los que se desarrolla; en
consecuencia, su trayectoria histórica no solo acompaña, sino que también responde a los cambios
sociales, económicos y culturales que han configurado a la humanidad.
Por ello, resulta imprescindible abordar la evolución de la pedagogía y la educación desde su
devenir histórico, con el fin de comprender su papel en la formación de las diferentes sociedades.
En este sentido, es preciso destacar que los orígenes de la educación se remontan a la necesidad
humana de preservar y transmitir saberes, valores y costumbres, condición indispensable para la
continuidad y el progreso de las primeras comunidades, donde los aprendizajes asociados a la caza,
la agricultura y la supervivencia sentaron las bases de la transmisión cultural (Mead, 1971).
A medida que las civilizaciones avanzaron y sus estructuras sociales, políticas y culturales se
tornaron más complejas, surgieron también los primeros referentes del pensamiento pedagógico
formal. En este proceso, la educación comenzó a ser objeto de reflexión sistemática por parte de
filósofos y pensadores que buscaban comprender su finalidad, sus métodos y su papel en la
organización de la vida social, lo que dio origen a los primeros referentes del pensamiento
pedagógico formal.
En la Antigua Grecia, figuras como Sócrates, Platón y Aristóteles establecieron los
fundamentos del pensamiento pedagógico. En palabras de Jaeger (2001), “la tradición educativa
clásica, representada por Sócrates, Platón y Aristóteles, sentó las bases de una educación orientada
al diálogo crítico, la formación integral del individuo y el desarrollo de virtudes éticas e
intelectuales” (p. 45).
El propósito educativo estaba destinado a la elite social, quienes gozaban de la educación
como un privilegio vinculado directamente con sus futuros propósitos sociales, en cuanto a la
ocupación de posiciones de poder político, económico o religioso dentro de la sociedad en
consecuencia, era necesaria una la formación intelectual y filosófica, siendo así la educación
elemento central para el establecimiento y reproducción de las estructuras sociales existentes, las
jerarquías y los roles sociales.
Así, la educación de la época se estructuraba en torno a un sistema jerárquico que excluía a
grandes sectores de la población, como mujeres y esclavos, limitando su acceso a la formación
intelectual y filosófica; esta segmentación respondía a las estructuras sociales y políticas de la
Antigua Grecia, donde el ideal de ciudadano virtuoso estaba intrínsecamente ligado al ejercicio de
la ciudadanía y la deliberación política en las polis. En la filosofía de Platón, por ejemplo, la
educación cumple una función política esencial, pues está orientada a formar a los futuros
gobernantes de la polis. En La República, el autor sostiene que solo aquellos que alcanzan el
conocimiento filosófico deben dirigir la ciudad, afirmando que “hasta que los filósofos gobiernen
como reyes… no cesarán los males para las ciudades” (Platón, 473d). Develando así el carácter
excluyente de la educación.
En términos de Marrou (1998), “la educación en Grecia se diseñó como un privilegio de las
clases altas, destinada a perpetuar la estructura social y política establecida” (p. 76), este carácter
elitista también refleja una concepción restringida del valor de la educación, entendida no como un
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derecho universal al que todos los individuos debían acceder, sino como un instrumento asociado al
poder, al prestigio social y al privilegio de determinados grupos.
En consecuencia, la formación académica se centraba en áreas como la filosofía, la retórica y
las artes liberales, siendo estando estas últimas organizadas en el trívium compuesta por gramática,
retórica y dialéctica orientado al dominio del lenguaje y la argumentación, y el quadrivium que
incluía aritmética, geometría, música y astronomía y que eran consideradas saberes esenciales para
la formación intelectual de los hombres libres y para el ejercicio de funciones de liderazgo en la
vida pública.
En consecuencia, estos campos del conocimiento eran considerados innecesarios para los
sectores sociales subordinados, cuya formación solamente se orientaba hacia el aprendizaje de
oficios prácticos.
Así, la educación y la escuela posibilitan los conocimientos como parte de procesos de
neutralidad y universalidad, siendo este un planteamiento alejado de la realidad, puesto que el
sistema educativo desde siempre ha legitimado la distribución desigual del saber, limitando las
oportunidades de acceso al conocimiento. En este sentido, la escuela puede entenderse como una
institución que contribuye a reproducir las jerarquías sociales al privilegiar determinados capitales
culturales sobre otros (Bourdieu & Passeron, 2001).
Y aunque la educación en la antigüedad clásica marcó un hito al organizar por primera vez
procesos formativos sistemáticos, su desarrollo estuvo determinado por las condiciones sociales y
culturales de la época, lo que redujo el alcance a sectores específicos de la población. Este carácter
excluyente pone de manifiesto que, desde sus inicios, la pedagogía ha estado atravesada por
relaciones de poder y formas de organización social, llegando incluso a concebirse la educación
como un medio para el perfeccionamiento individual, una idea que influyó de manera decisiva en la
conformación de los sistemas educativos en periodos posteriores, especialmente en el mundo
clásico, Tal como señala Jaeger (2001), la paideia griega se configuró como un proyecto de
formación humana orientado al perfeccionamiento del individuo de acuerdo con los valores de la
cultura clásica, lo cual influyó profundamente en la concepción posterior de los sistemas educativos
occidentales.
Siguiendo con esta reconstrucción histórica de la pedagogía, la Edad Media tiene un lugar
relevante, ya que aquí nace la relación de la educación con la iglesia y las estructuras de poder que
organizaban la vida social y cultural de la época. La enseñanza aquí es asumida por instituciones
eclesiásticas, que conllevaron establecer particularidades de la educación como los espacios para
desarrollar labores académicas y los contenidos allí transmitidos.
Dentro de los espacios educativos se destacan los monasterios y las catedrales principalmente
y en los contenidos en gran medida se vinculaban con la doctrina religiosa y los intereses de las
autoridades religiosas y sociales, siendo la educación un proceso para la transmisión de
conocimientos, la formación moral y espiritual de las sociedades, consolidando el orden social.
Durante la Edad Media, la Iglesia Católica se estableció como la principal institución
encargada de la educación formal, controlando tanto los contenidos como los métodos pedagógicos
y orientando la enseñanza hacia la formación religiosa y moral de clérigos y élites sociales.
(Marrou, 2004; Le Goff, 1996).
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Esta práctica educativa mostró claras limitaciones y rezagos frente a las transformaciones y
demandas de las sociedades contemporáneas, lo que hizo imprescindible repensar sus enfoques,
métodos y fines formativos. En palabras de Marrou (1998), “la educación medieval restringió su
alcance al ámbito de la Iglesia, excluyendo a amplios sectores de la sociedad, como campesinos y
mujeres, de cualquier forma, de instrucción formal” (p. 120).
Dicha segmentación educativa destaca el poder de la educación, como instrumento de
regulación alrededor de los procesos de transmisión de conocimientos y del acceso al mismo, en
donde las prácticas educativas no se desarrollaban de manera neutral, sino que respondían a
intereses de otro orden como los sociales, políticos y/o culturales que determinan los contenidos y el
fin del proceso educativo.
De esta manera en la Edad Media el papel de la educación obtuvo un lugar preponderante
desde la formación de sujetos con normas y valores que respondían a la consolidación de la
organización social de la época, legitimando, reforzando y estableciendo las estructuras de poder
existentes.
A pesar de las limitaciones propias de la Edad Media, la educación de este periodo estableció
bases fundamentales para el desarrollo posterior de la pedagogía, particularmente en el surgimiento
y consolidación de la pedagogía tradicional. Este enfoque, marcado por métodos disciplinarios y
memorísticos, ha orientado procesos educativos durante siglos. En este sentido, Díaz Barriga (2013)
señala que la pedagogía tradicional, basada en la transmisión de contenidos, la memorización y la
disciplina, no solo dominó durante siglos, sino que configuró las bases organizativas, curriculares y
metodológicas de los sistemas educativos actuales, permitiendo comprender su evolución y las
transformaciones posteriores en la enseñanza.
En función de reconocer claramente el origen de la pedagogía tradicional, es preciso destacar
que deriva de los modelos educativos consolidados durante la Edad Media, en donde la educación
se organiza alrededor de la transmisión de conocimientos por parte del maestro, quien es el
poseedor absoluto del conocimiento y del poder al ser la máxima autoridad en todos los procesos
educativos. En este modelo, el aprendizaje se sustentaba principalmente en la memorización, la
repetición y la disciplina, prácticas orientadas a formar sujetos pasivos, capaces de recibir la
información y de integrarse posteriormente a las estructuras sociales existentes.
Así mismo la educación tradicional cumplía la función de preservar y reproducir los valores
culturales, sociales y económicos dominantes en las distintas sociedades en las que tenía injerencia,
dando lugar además de su misión educativa enmarcada en la transmisión de saberes, también en la
formación moral desde la idea de respeto por la autoridad tanto divina, como terrenal y la
internacionalización de normas. En términos de Durkheim, la enseñanza se orientaba a la
transmisión de saberes considerados esenciales y a la formación moral de los individuos,
contribuyendo a la reproducción de los valores culturales y sociales dominantes (Durkheim, 2002).
En sus inicios, al igual que durante la Edad Media, su carácter era excluyente y estaba
dirigido principalmente a sectores privilegiados de la sociedad, como las élites políticas,
económicas y religiosas. La educación se concebía como un medio reservado para formar a quienes
ocuparían posiciones de poder y serian encargados de sostener y reproducir el orden establecido,
legitimando las estructuras de poder existentes.
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De esta manera, la formación educativa y la escuela no tenían como propósito único la
transmisión de conocimientos; además, se enfocaban en la reproducción cultural y social desde la
preparación de los individuos para asumir los roles que les correspondían dentro de dicha
estructura. En este sentido, las instituciones educativas pueden entenderse como espacios donde
operan mecanismos de disciplina y control que contribuyen a la configuración de los individuos
dentro de un determinado orden social (Foucault, 2002).
Hasta este punto se evidencia el carácter excluyente de la pedagogía y de la educación; sin
embargo, es necesario destacar también la relación inherente que estas mantienen con las
transformaciones de las sociedades. En este sentido, los cambios políticos, sociales y culturales que
se produjeron principalmente en Europa durante el siglo XIX implicaron transformaciones directas
en la pedagogía y en la concepción misma de la educación.
Aquí hechos históricos como la primera y la segunda guerra mundial, posibilitan la idea de
impulsar reformas orientadas a establecer sistemas educativos públicos y obligatorios, en términos
de Luzuriaga este proceso respondió a la necesidad de formar ciudadanos capaces de participar en
sociedades democráticas y en economías cada vez más industrializadas (Marshall, 1998; Luzuriaga,
2001).
En esta lógica de redefinir el papel de la escuela y de la pedagogía y aunque su obra
pertenece al siglo XVII, tiene cabida la obra de Juan Amós Comenio, quien revolucionó la
perspectiva educativa con su obra Didáctica Magna, donde propone que la educación debe seguir el
orden de la naturaleza, lo que implica estructurar los contenidos y los métodos de enseñanza de
forma progresiva, en donde el aprendizaje debía ser secuencial respetando capacidades cognitivas
de los estudiantes, Según Luzuriaga,(2001) Comenio propone una enseñanza ordenada conforme a
la naturaleza del aprendizaje humano, lo que implica estructurar los contenidos de manera gradual y
lógica. Este principio se traduce en la necesidad de iniciar la enseñanza con los elementos más
simples y avanzar progresivamente hacia conocimientos más complejos, respetando las capacidades
del estudiante y las etapas de su desarrollo.
Esta propuesta marcó una base en la pedagogía, al introducir la idea de una educación gradual
y estructurada, que considerara las características evolutivas de los estudiantes, en lugar de
centrarse únicamente en la transmisión mecánica y poco incluyente del conocimiento. Aunque el
ideal de una educación universal tardó en materializarse debido a las realidades socioeconómicas y
culturales que restringían la escolarización a clérigos y élites, el pensamiento de Comenio anticipó
principios que siglos después se integrarían al enfoque contemporáneo de educación para todos.
En este paradigma de transformaciones educativas, también se destaca Jean-Jacques
Rousseau, quien en su obra Emilio, planteó elementos que no distan mucho de lo precisado por
Comenio, puesto que propone una enseñanza que debía respetar las etapas evolutivas del niño, sus
ritmos y capacidades, liberándolo de imposiciones sociales rígidas y de métodos autoritarios. Esta
propuesta significó un giro en la concepción educativa, al situar al niño como sujeto activo de su
propio desarrollo. Según Torres (2013), “las ideas de Rousseau rompieron con la tradición
autoritaria de la educación clásica, instaurando una visión humanista que sentó las bases para la
pedagogía moderna” (p. 45), contribuyendo así a la configuración de modelos pedagógicos
centrados en el respeto, la libertad y la formación integral del ser humano.
La pedagogía moderna, al ubicar al estudiante en el centro de la acción educativa, impulsó el
desarrollo de enfoques pedagógicos que reconocen la diversidad como un valor. Desde esta
perspectiva, la educación debe atender las necesidades, ritmos y particularidades de cada estudiante,
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favoreciendo procesos de aprendizaje más inclusivos y participativos (Dewey, 2004; Ainscow et al.,
2006).
En este contexto, además de las transformaciones en la praxis pedagógica, la escuela que
durante varios siglos había asumido la tarea de formar la moral religiosa y social principalmente
para las clases privilegiadas, amplió progresivamente su alcance. En este proceso, órdenes
religiosas como la fundada por Jean-Baptiste de La Salle promovieron la creación de escuelas
gratuitas dirigidas a niños pobres, lo que representó un avance significativo hacia una educación
con mayor proyección social (Luzuriaga, 2001).
Esta concepción de la educación como un medio para la transformación social se articula con
los planteamientos de John Dewey, quien afirmó que las instituciones educativas cumplen un papel
preponderante en la construcción de sociedades democráticas y en la formación integral de los
individuos. Para Dewey, la escuela constituye una “forma embrionaria de la vida comunitaria” y un
espacio clave para el progreso social, en tanto las experiencias educativas trascienden la transmisión
de contenidos, para promover la participación activa, el pensamiento crítico y el desarrollo moral de
todos los estudiantes (Dewey, 1916/1998).
En consonancia con los cambios del mundo moderno, la pedagogía continuó evolucionando y
en el contexto de la Revolución Industrial, la educación comenzó a establecerse como obligatoria y
gratuita, con el propósito de formar tanto ciudadanos como trabajadores. Este proceso dio origen a
los sistemas de educación pública, orientados a responder a las nuevas demandas sociales,
económicas y culturales de las sociedades industrializadas.
En esta línea, Andy Green (2013) sostiene que los sistemas de educación pública surgieron
históricamente como respuesta a las necesidades de cohesión social, desarrollo económico y
formación ciudadana propias de las sociedades modernas e industrializadas. Según este autor, la
escolarización obligatoria y gratuita no solo buscó preparar mano de obra calificada, sino también
construir identidades cívicas y fortalecer los valores democráticos, consolidando de este modo la
educación como pilar esencial del desarrollo social.
De este modo, la pedagogía contemporánea se configura como un campo dinámico que se ha
nutrido de su devenir histórico, de los aprendizajes acumulados y de su estrecha relación con las
múltiples transformaciones sociales, culturales y científicas que la han atravesado. A lo largo del
tiempo, se ha diversificado en diversas corrientes teóricas y enfoques pedagógicos que han
enriquecido, complejizado y resignificado la práctica educativa, ampliando su alcance y su sentido
social.
Este proceso posibilitó un punto de quiebre en la historia de la educación, al cuestionar y
superar progresivamente su carácter elitista, y al sentar las bases de los sistemas educativos
modernos, orientados hacia la inclusión, la equidad y la universalidad como principios
fundamentales del derecho a la educación.
Las transformaciones propiamente pedagógicas continuaron su avance y entre ellas, se
destaca la pedagogía constructivista, influenciada por autores como Piaget (1969) y Vygotsky
(1978), quienes sostienen que el aprendizaje es un proceso activo mediante el cual el sujeto
construye su conocimiento basado en sus saberes previos, en donde los esquemas mentales se
desarrollan desde la interacción con su entorno.
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Desde esta perspectiva, el estudiante deja de tener un rol pasivo en su proceso de aprendizaje
y se asume desde su capacidad de interpretar, reorganizar y resignificar los conocimientos a partir
de sus experiencias y procesos cognitivos, en donde la interacción con otros es preponderante,
dando lugar a la idea de que el aprendizaje es un proceso social y que depende en gran medida de
los contextos culturales para la adquisición de significados, prácticas y relaciones que posibilitan el
conocimiento.
En consecuencia, la educación basada solamente en la trasmisión de contenidos, empieza a
ser debatida y relegada, redefiniendo la manera en la que se concibe la enseñanza y el aprendizaje,
destacando la importancia de la interacción con pares y adultos, el diálogo y las experiencias
significativas dentro de los procesos educativos.
Este enfoque resalta el valor del aprendizaje significativo, en tanto los nuevos contenidos
adquieren sentido cuando se articulan con los saberes previos, las experiencias y los contextos del
estudiante. Asimismo, destaca la importancia de la interacción social, el lenguaje y la mediación
pedagógica en el aprendizaje reconociendo al docente no como un transmisor de información, sino
como un orientador que diseña experiencias educativas retadoras, pertinentes y contextualizadas.
Bajo este enfoque, el aula se entiende como un espacio de construcción colectiva del conocimiento,
en el que el diálogo, la colaboración y la reflexión promueven el desarrollo de competencias
cognitivas, sociales y emocionales. En términos de Vygotsky toda función en el desarrollo cultural
del niño aparece dos veces: primero en el plano social y después en el plano individual; primero
entre las personas (interpsicológica) y luego en el interior del propio niño (intrapsicológica)”
(Vygotsky, 1978, p. 57).
Así pues, el constructivismo establece un puente entre las vivencias del estudiante y los
contenidos escolares, promoviendo procesos de formación más críticos, autónomos y participativos,
donde el estudiante desempeña un rol protagónico en la construcción de su aprendizaje. Esta
concepción del aprendizaje es reafirmada por Ausubel, Novak y Hanesian (2009), quienes sostienen
que el aprendizaje significativo ocurre cuando los nuevos conocimientos se relacionan de manera
sustantiva y no arbitraria con los saberes previos del estudiante, mediado por la interacción, el
lenguaje y la orientación pedagógica del docente. En este marco, el profesor actúa como facilitador
de experiencias educativas contextualizadas que estimulan la comprensión profunda, la
transferencia del aprendizaje y el pensamiento crítico, principios centrales del enfoque
constructivista.
En este breve recorrido por el devenir pedagógico, se destaca la pedagogía crítica, la cual
surge en la segunda mitad del siglo XX, principalmente desarrollada entre 1960 y 1970, y que surge
de la mano de los movimientos sociales, las luchas por los derechos civiles y el cuestionamiento a
las estructuras tradicionales de poder y que tiene epicentro en América Latina y algunos países
occidentales.
Aquí la educación adquiere un carácter más allá de su histórico papel como trasmisor de
conocimientos y reproductor de disciplina y control, para convertirse en una herramienta propia de
la transformación social y a la reflexión colectiva. Uno de sus principales exponentes es Paulo
Freire quien desde la alfabetización en adultos, establece su obra Pedagogía Del oprimido (1970),
en la que se plantea que la educación debe enmarcarse desde la libertad y el dialogo, destacando los
problemas de la realidad posibilitando la participación activa de los estudiantes en torno a la
construcción del conocimiento, esto desde relaciones horizontales donde todos tienen la capacidad
de aprender y reflexionar conjuntamente sobre sus realidades inmediatas, en términos de Freire,
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nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo; los hombres se educan entre sí mediatizados por el
mundo. (Freire, 2005, p. 72).
Entonces desde esta perspectiva, la educación se concibe como un proceso emancipador que
promueve la conciencia crítica, el diálogo y la participación activa en la construcción de una
sociedad equitativa, democrática y solidaria. Asimismo, la pedagogía crítica concibe al estudiante
como un agente transformador de su realidad, capaz de cuestionar las estructuras de poder,
reconocer las desigualdades sociales y contribuir a la transformación de su contexto mediante
prácticas educativas comprometidas con la dignidad humana y los derechos sociales.
Para concluir este breve recorrido, se evidencia cómo la pedagogía inclusiva promueve una
educación universal sustentada en el respeto por las diferencias individuales y colectivas. Booth y
Ainscow (2002) señalan que este enfoque se orienta a eliminar las barreras para el aprendizaje y la
participación, garantizando el acceso pleno a la educación sin distinción de condiciones
económicas, físicas o sociales. Esta perspectiva se articula directamente con los cambios del mundo
contemporáneo, en el que la inclusión se consolida como un principio fundamental para la
construcción de una sociedad más equitativa y diversa.
Aquí es importante resaltar que esta transformación pedagógica dio lugar a una amplia
diversidad de corrientes educativas. No obstante, en función de los propósitos del presente escrito,
se priorizan aquellas que promueven prácticas claramente alejadas de la educación tradicional, al
centrarse en el estudiante, la inclusión, la reflexión crítica y la construcción activa del
conocimiento.
Desde perspectivas contemporáneas, se reconoce que la pedagogía tradicional, aunque
superada en muchos contextos, en la actualidad aún tiene un papel preponderante en la formulación
de algunos contextos y sigue teniendo una fuerte influencia en estructuras educativas, esto al ofrecer
un marco formalizado de enseñanza basado en la transmisión de contenidos, la organización escolar
y el control, que por décadas se ha trasmitido de generación en generación, estableciéndose para
bien o para mal en la memoria colectiva de las diferente sociedades. Este reconocimiento permite
comprender tanto la evolución de los enfoques pedagógicos más recientes como la necesidad de su
constante reformulación frente a los cambios sociales, culturales y tecnológicos que caracterizan al
mundo actual (Khalaf & Zin, 2018).
Educación tradicional, anclada a la realidad de las aulas colombianas
En Colombia, aunque la educación ha avanzado significativamente mediante la incorporación
de nuevas corrientes pedagógicas, prácticas inclusivas y enfoques respetuosos de los procesos
individuales de los estudiantes, estos avances no se presentan de manera uniforme en todo el
sistema educativo. En ciertos contextos, especialmente en instituciones privadas y proyectos
educativos innovadores, se han consolidado currículos flexibles que no solo priorizan el plan de
estudios, sino también las formas de relacionarse, los espacios en los que se desarrollan las
actividades académicas, su organización y las oportunidades para interacciones conscientes,
significativas y respetuosas.
En estos escenarios, el docente deja de ocupar el centro del proceso de enseñanza para asumir
el rol de mediador, orientador y facilitador del aprendizaje, mientras que la autonomía se consolida
como un eje fundamental para el desarrollo integral de los estudiantes. Asimismo, se promueven
metodologías activas, el trabajo colaborativo, la evaluación formativa y experiencias de aprendizaje
contextualizadas, coherentes con los principios de la pedagogía contemporánea.
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No obstante, es necesario reconocer que la educación todavía mantiene prácticas
tradicionales, como la clase magistral, el uso predominante del tablero y la organización rígida del
espacio escolar, que posibilita la disciplina de los cuerpos mediante filas estructuradas y limitan la
interacción con el entorno y con otros. Este tipo de dinámicas constituyen, en palabras de Foucault
(2017), formas de “moldear a los cuerpos mediante vigilancia jerarquizada, sanciones
normalizadoras y exámenes constantes” (p. 189), generando contextos que reproducen prácticas
coercitivas en las que los estudiantes son sometidos a rutinas que fomentan la docilidad y la utilidad
funcional para el sistema.
Estas dinámicas se evidencian en acciones cotidianas aparentemente simples, como caminar
en fila, sentarse siempre mirando al tablero, mantener silencio salvo cuando se les autoriza a hablar
o responder a timbres que marcan el ritmo escolar. En términos de Foucault (2017), estos son
ejemplos de mecanismos disciplinarios mediante los cuales las instituciones modernas, como la
escuela, regulan cuerpos y conductas a través de la organización del espacio, la segmentación del
tiempo y la instauración de rutinas precisas, naturalizando el control y constituyendo lo que el autor
denomina la “microfísica del poder”.
Otra de las causas que explica la persistencia de la educación tradicional radica en la marcada
brecha entre lo que el currículo oficial colombiano propone y lo que se implementa efectivamente
en las aulas. Aunque las directrices nacionales, orientadas por entidades como el Ministerio de
Educación Nacional y las diferentes secretarías de educación, promueven el desarrollo de
competencias, enfoques integrales y metodologías centradas en el aprendizaje activo, en la práctica
muchas instituciones continúan organizándose alrededor de, planes de estudio rígidos y un
cumplimiento estricto de contenidos básicos.
Este modelo tradicional se caracteriza por una estructura centrada en la transmisión y
memorización de contenidos, lo cual limita la participación activa del estudiante y su capacidad
para aplicar los conocimientos en contextos reales. Como señalan estudios comparativos entre
modelos tradicionales y basados en competencias, el paradigma de enseñanza tradicional se centra,
en gran medida, en la memorización y la transmisión de conocimiento factual, en contraste con
enfoques centrados en competencias que promueven el desarrollo de habilidades y la aplicación del
aprendizaje en situaciones auténticas” (European Commission, 2018, citado en Marcotte &
Gruppen, 2022).
Priorizando la memorización sobre procesos de aprendizaje contextualizado y significativo
resultó en una educación que, aunque formalmente alineada con estándares modernos, continúa
operando desde lógicas tradicionales que no siempre responden a las necesidades emergentes de los
estudiantes y de las sociedades actuales.
En este punto también se destaca la evaluación de los aprendizajes como una de las
principales dificultades, ya que en muchos casos se reduce a pruebas escritas, exámenes
acumulativos y calificaciones numéricas, con un marcado énfasis en la memorización y la
repetición de contenidos. Este enfoque tradicional centrado en medir resultados finales limita el
reconocimiento de los procesos formativos y desconoce avances pedagógicos contemporáneos
como el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA). Según el marco del Universal Design for
Learning , “proporcionar múltiples medios de acción y expresión permite a los estudiantes expresar
lo que saben de diferentes maneras, lo que apoya formas más equitativas y auténticas de evaluación
más allá de los exámenes tradicionales” (UDL Guidelines, 2018).
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En este enfoque, la evaluación se concibe desde múltiples posibilidades, destacando las
habilidades diversas de los estudiantes y valorando tanto los procesos de aprendizaje como los
resultados obtenidos en pruebas estandarizadas. Esto implica incorporar instrumentos como
proyectos, portafolios, presentaciones u otras formas de expresión que reflejen de manera integral el
progreso y los conocimientos de los estudiantes, favoreciendo una educación más inclusiva,
pertinente y enfocada en el desarrollo de competencias reales.
No obstante, este panorama representa solo una parte del sistema educativo colombiano. En
muchos contextos, particularmente en instituciones oficiales que enfrentan limitaciones
estructurales, altos índices de matrícula y escasez de recursos didácticos, persisten prácticas
tradicionales centradas en la transmisión unidireccional de contenidos, la disciplina corporal y la
evaluación memorística. Diversos informes han señalado que el sistema educativo colombiano
presenta desafíos relacionados con el tamaño de las clases, la disponibilidad de recursos
pedagógicos y las condiciones institucionales, factores que influyen en las prácticas de enseñanza y
en las oportunidades de innovación pedagógica (OECD, 2016).
Las prácticas educativas se siguen situando en el docente como transmisor principal del
saber, con estudiantes que adoptan un papel receptivo, limitando su participación activa y su
capacidad de construir significados propios. Según investigaciones sobre pedagogías tradicionales,
“la pedagogía tradicional considera que la mente del estudiante es una tabula rasa en la que se
imprimen conocimientos, ubicando al docente como autoridad y al alumno como receptor pasivo
del saber” (Palacios, 1992, citado en Revista Colombiana de Educación, 2024).
Esta situación también se relaciona estrechamente con las condiciones de formación inicial,
continua y de acompañamiento docente, ya que, aunque existe una intención normativa clara de
avanzar hacia enfoques inclusivos, participativos y centrados en el estudiante, muchos educadores
no cuentan con procesos suficientes de profundización pedagógica, actualización didáctica ni
espacios sistemáticos de reflexión sobre su práctica. Como señala Pérez Morales y Cotrina García
(2024), las barreras y desafíos en la formación inicial docente en Colombia limitan la preparación
de los futuros educadores para atender la diversidad y desarrollar enfoques pedagógicos inclusivos,
generando una brecha entre las políticas educativas y la formación real del profesorado.
A su vez, es preciso destacar que la formación de profesionales provenientes de áreas
distintas a la educación, particularmente de campos ajenos a las licenciaturas, que ejercen como
docentes sin una preparación pedagógica sólida, actualizada y continua, dificulta que los avances
teóricos y metodológicos de la pedagogía se reflejen de manera adecuada en las prácticas
educativas. Como señala Marcelo García (2009), la ausencia de una formación docente sistemática
y reflexiva limita la capacidad del profesorado para transformar su práctica y responder a las
demandas contemporáneas de la educación.
En consecuencia, las prácticas docentes tienden a reproducir modelos tradicionales, no
necesariamente por resistencia al cambio, sino por la falta de acompañamiento institucional,
recursos formativos pertinentes y condiciones laborales que favorezcan la experimentación
pedagógica, la investigación en el aula y la construcción colectiva de saberes profesionales.
Finalmente, la coexistencia de enfoques tradicionales con propuestas pedagógicas
transformadoras pone de manifiesto las profundas tensiones entre las políticas educativas modernas,
las condiciones institucionales reales y las trayectorias formativas del profesorado. Este contexto
pone de manifiesto la necesidad de fortalecer de manera integral la formación base y permanente
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del profesorado, así como el acompañamiento pedagógico y la renovación de las prácticas
educativas.
Asimismo, resulta indispensable mejorar las condiciones físicas de las instituciones,
garantizar la dotación de materiales didácticos diversos, reducir la sobrecarga en las aulas y
promover espacios permanentes de reflexión y actualización pedagógica. De manera articulada y
sistemática, estas acciones representan estrategias clave para promover una educación más justa,
inclusiva y de calidad, orientada a responder a las necesidades reales del estudiantado y a impulsar
la transformación social.
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