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En 2013, al Paro Nacional Agrario, protagonizado por el Coordinador Nacional Agrario (CNA), la
Mesa Nacional Agraria y Popular de Interlocución y Cuerdo (MIA) y la Dignidad Agraria (DA), se
sumaron entre otros actores: los camioneros, los trabajadores de la salud, los estudiantes, los
grupos étnicos, el Congreso de los Pueblos2, Marcha Patriótica y los sindicatos de trabajadores
estatales (Archila, et al., 2014; Cruz, 2017b; González, 2019).
A los Paros Nacionales convocados por los diferentes sectores que se aglutinaron en el Comité
Nacional del Paro (CNP), el 21N y el 28A, se sumó una constelación de sectores que aparece
subsumida en la tipología del Cinep. Archila y García (2023) afirman que este episodio se masificó
y perduró gracias a la participación variopinta, que resultó de la articulación de los actores
tradicionales con grupos que no se destacan propiamente por salir a la calle a protestar, ejemplo,
las barras futboleras, los veganos o los amantes del Hip-Hop. Estos y otros investigadores le
atribuyen el protagonismo a las juventudes y a las mujeres en particular (Aguilar Forero, 2022;
Cruz, 2022; González, 2022; Vega, 2022; Estrada et al., 2023; Lozano, Montoya y Nossa, 2023;
Vélez y Vargas; 2023; CNMH, 2024).
Esta suerte de eclipse protagónico de los actores sociales que participaron en los ciclos
identificados en el periodo se explica por varias circunstancias. Por ejemplo, con las mujeres y los
estudiantes, que adelantaron sus luchas específicas, pero que también se activaron por
reivindicaciones de carácter social en las movilizaciones de pobladores urbanos, asalariados,
trabajadores independientes, campesinos, etc. En esta lógica se puede aducir que los desafiadores
unas veces actuaron como tal y otras como sujetos, mezclados con la ciudadanía, en una especie
de activismo itinerante o irregular, dependiente del contexto y de sus intereses particulares.
En efecto, durante el ciclo de protestas de 2021, aparentemente las participaciones individuales
de algunos sectores tendieron a disminuir, mientras que las juventudes aparecían diferenciadas
como actores emergentes. Sin embargo, de acuerdo con los testimonios de varios de los
participantes entrevistados, detrás de esos protagonismos siempre existieron otros no menos
importantes. En la voz de una integrante del Movimiento Nacional de Mujeres por la Paz:
El paro nacional fue un movimiento de jóvenes, jóvenes digo, chicos y chicas, pero las mujeres
siempre han sido protagonistas. Lo que ocurre es que la historia la cuentan los varones, no la
cuentan las mujeres. ¿Quiénes estuvieron en las ollas comunitarias?: las mujeres. ¿Quiénes
asumieron las labores de salud, de defensa, los liderazgos?: las mujeres. ¡Y hubo esa tendencia a
silenciarlas! Es que el protagonismo era de las primeras líneas, decían, pero las mujeres estuvieron
ahí. (María Ramírez, comunicación personal, 22 de noviembre de 2024)
En este sentido, se puede afirmar que se trató de “actores subalternos” (Archila, 2018, p. 81) con
identidades políticas que no contienen un atributo fijo de desafiadores y sujetos, sino que varían
entre lo que se puede considerar como “identidades incrustadas” e “identidades distantes”, que
describen su conexión con la vida social permanente o esporádica. El primer tipo moldea “un
amplio espectro de relaciones sociales rutinarias” como las que se establecen en lugares de
trabajo, mientras que el segundo tipo hace lo propio con “un abanico restringido, especializado,
de relaciones sociales intermitentes” (McAdam et al., 2005, p. 149), como las que tienen lugar en
los ámbitos educativos. En otras palabras, identidades políticas contingentes, construidas y
alteradas a partir de las propias relaciones entre los grupos de actores subalternos, pero también