ISSN: 2954-5331 / Revista investigación & praxis en CS Sociales
Volumen 4 - Número 2 - 2025
INCIDENCIAS QUE DEJÓ LA OBRA: El estudiante Edward Diaz inicia su ponencia
planteando dos pensamientos de la antigüedad griega, el pensamiento Platónico y el Aristotélico.
Desarrollando y resaltando la diferencia e influencia de esas posturas en la sociedad griega.
Platón criticó fuertemente la poesía y en especial las obras de Homero por ser un mal ejemplo a la
juventud al caracterizar a los dioses con actuares impuros e imperfectos como el de los humanos, ya
que, según él, el ser humano aprende por imitación.
Aristóteles por el contrario Expresó que la poesía era la máxima expresión de la naturaleza humana al
mostrar las emociones, virtudes y como no, tragedias del ser humano.
Tras hacer la comparativa de estos dos pensamientos, el estudiante Edward Diaz resaltó el
pensamiento Aristotélico y analizó como esta influencia de categorización de la poesía había servido
como impulso para que esta misma abarcara terreno dentro de las artes; determinando que la obra de
Sófocles permitió el desarrollo de múltiples posturas e ideologías dentro de las diversas ramas del
conocimiento.
El ocasionalismo es una corriente filosófica que surge en el siglo XVII como respuesta a los dilemas
planteados por René Descartes sobre la naturaleza del ser humano. Descartes propuso una visión
dualista del ser, dividiéndolo en dos sustancias completamente distintas: la mente (res cogitans), que
piensa y no ocupa espacio, y el cuerpo (res extensa), que ocupa espacio, pero no piensa. Esta separación
radical entre lo mental y lo físico generó una pregunta profunda:
¿Cómo interactúan la mente y el cuerpo si son tan diferentes? algunos filósofos para resolver este
problema desarrollaron el ocasionalismo. Esta doctrina sostiene que no existe una causalidad directa
entre mente y cuerpo, ni entre objetos físicos en general. Es decir, cuando creemos que un
pensamiento causa una acción física —por ejemplo, levantar un brazo—, en realidad no es la mente la
que produce el movimiento, sino que Dios interviene en ese momento específico para hacer que el
cuerpo actúe. Por eso se llama “ocasionalismo”: los eventos naturales no tienen poder causal por sí
mismos, sino que son ocasiones para que Dios actúe. Esta idea transforma por completo la noción de
causa y efecto. En lugar de pensar que los seres humanos o los objetos físicos tienen poder para
producir cambios, el ocasionalismo afirma que solo Dios tiene verdadera capacidad causal. Todo lo que
ocurre en el mundo sucede porque Dios lo permite y lo ejecuta directamente. Así, el ocasionalismo
refuerza una visión profundamente teocéntrica del universo, donde la voluntad divina es la única
fuerza que conecta los pensamientos con las acciones, y los eventos con sus consecuencias. El
ocasionalismo no solo responde a una inquietud filosófica, sino que también propone una forma de
entender el mundo donde la razón humana es limitada y la intervención divina es constante y
necesaria.
El capítulo 53 del libro de Isaías describe con detalle el sufrimiento del “siervo de Dios”, que es
interpretado por la tradición cristiana como una profecía sobre la pasión de Cristo. Isaías habla de un
hombre despreciado, herido por nuestras rebeliones, que carga con el pecado del mundo. En ese
contexto, se plantea que la entrega de Jesús a sus verdugos era parte del propósito de Dios para salvar
a la humanidad. Para que ese plan se cumpliera, era necesario que alguien lo traicionara. Aquí entra
Judas, cuya figura se presenta como instrumento necesario dentro del diseño divino. Su traición
no se ve solo como una decisión personal, sino como una pieza clave en el cumplimiento de las
Escrituras. Esta interpretación sugiere que Judas tenía un rol predestinado, lo que abre debates
profundos sobre el libre albedrío, la responsabilidad moral y la voluntad divina. La imagen de la Última
Cena refuerza esta idea: Jesús rodeado por sus discípulos, sabiendo que uno de ellos lo entregará. El
ambiente es solemne, cargado de tensión, y representa el momento en que la profecía comienza a
cumplirse. En este contexto, Judas no es solo un traidor, sino una figura trágica que participa en el
misterio de la redención.
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